Por Agustín Castillo
Hace unos días escuchaba a Lautaro Rosas -alma y corazón rojinegro- en Fútbol Siempre Fútbol.
Hablaba del presente de Juanicó cuando, casi sin darse cuenta, empezó a hablar de su historia.
Trajo a escena al Pato Peraza.
Dijo que el Pato siempre cuenta que, cuando llegó al club, entrenaban con un solo foco de luz. Después agregó otra imagen. Que todavía hoy, en el baúl de su auto, siempre lleva una camiseta rojinegra y un par de canilleras, por si algún gurí las necesita. Como si fuera un kit de emergencia.
Seguramente Lauta creyó que estaba contando una anécdota. Yo creo que estaba contando por qué Juanicó llegó hasta acá.
Porque los clubes no se construyen el día que levantan una copa o ganan un partido. Ni el día que juegan una semifinal. Esos son apenas los momentos que todos vemos.
Los clubes crecen cuando nadie los está mirando.
Crecen en una reunión que termina tarde. En un entrenamiento más. En un viaje. En una camiseta que Pocha lava para el domingo siguiente y que el Chino tiene lista para llevar. En la paciencia de entender que las cosas importantes llevan tiempo.
Durante años, mucha gente hizo eso por Juanicó. Y mucha gente lo sigue haciendo. De todas edades y de todos los perfiles. Algunos siguen estando. Otros ya no. Pero todos dejaron algo.
Por eso esta semifinal merece vivirse de otra manera.
Con la ilusión de siempre, claro. Pero también con la tranquilidad de quien entiende que llegar hasta acá ya dice mucho.
Suena a lugar común, es cierto: pero hay partidos que duran noventa minutos. Y hay otros que llevan años.
El de Juanicó empezó bastante antes de que existiera este plantel (que vaya sí ha logrado cosas). Bastante antes de este cuerpo técnico. Bastante antes de esta llave de semifinales.
Empezó cuando un grupo de personas decidió que el club tenía que crecer sin perder su esencia. Con trabajo. Con paciencia. Con sentido de pertenencia. Con corazón pero con razón.
Y con esa obstinación hermosa de los clubes de pueblo (los hay a lo ancho y largo del país, no es solo cosa del Juani, eh), donde casi nadie pregunta cuántas horas hay que dedicar. Simplemente se dedican.
Dentro de un rato volverá a rodar la pelota.
Claro: ojalá gane Juanicó. Pero, antes de que empiece el partido, vale la pena detenerse un instante.
Mirar alrededor. Y entender que este momento no apareció de un día para el otro.
Se construyó.
Como se construyen las cosas que de verdad valen la pena.
Paso a paso. Durante años.
Y eso, pase lo que pase, también merece ser celebrado. O, al menos, merece que disfrutemos el proceso que nos trajo hasta acá.
Como dice el presidente actual: VIVA SIEMPRE EL CLUB ATÉTICO JUANICÓ.



