Empezó a patear una pelota en Juanicó casi al mismo tiempo que aprendía a caminar. De su primer gol todavía conserva la imagen: un domingo de mañana, el día de su cumpleaños, de zurda y contra un palo. Después vino una vida entera con Juanicó siempre metido en algún lugar: el fútbol profesional, los campeonatos, el título de profesor, los gurises que pasó de tener como compañeros a formar desde afuera de la cancha. Hasta que, tantos años después, la pelota volvió a quedarle en la zurda. Esta vez la mandó arriba, contra un palo, en una final. Juanicó fue campeón del Interior por primera vez y aquel gurí quedó para siempre en su historia. Entre un gol y el otro pasó una vida. La de Andrés Juanicó Quatrini.
Hace no tanto, El Eternauta volvió a estar en todos lados.
La ficción llegó a Netfix y fue un furor. Durante unas semanas aparecieron máscaras, nieve, memes y frases hasta en gente que probablemente nunca había abierto la historieta. “Lo viejo funciona, Juan” se convirtió casi en un refrán. Y hasta en un concepto de reivindicación. De este lado del río tuvimos además un pequeño motivo para apropiarnos un poco de la historia: el Tano Favalli tenía la cara y la voz del uruguayo César Troncoso.
Pero entre todo lo que dejó El Eternauta hubo una idea bastante más difícil de olvidar.
Nadie se salva solo.
En el universo creado por Héctor Germán Oesterheld, el héroe no es ese hombre excepcional que puede con todo mientras los demás miran. El héroe es colectivo. Sobrevive porque hay otros. Porque alguien ayuda, alguien espera, alguien pelea al lado.
Y quizás no haya que buscar mucho más para entrar en la historia de Andrés Quatrini.
Porque cuando uno le pregunta por su vida en Juanicó, él hace algo curioso: empieza a llenarla de gente.
Aparecen sus padres. Su hermano Vale (siempre ligado al club). Los amigos del baby. Un entrenador. Otro entrenador. Un compañero veterano. Los gurises que después llegaron a Primera. Su pareja, Josefina. Su hija, Alfo. Los dirigentes. Los hinchas. El pueblo.
Hay que hacer cierto esfuerzo para volver a encontrarlo a él en su propia historia.
Y quizás esa sea justamente la gracia.
Porque Andrés nunca parece contar lo que hizo él sin contar también quién estaba al lado.
Aunque existe una manera bastante sencilla de seguirle el rastro.
Los goles.
Andrés Quatrini recuerda el primero.
Esto, para empezar, ya es bastante raro.
La mayoría de nosotros no recuerda qué hizo el martes pasado después de las seis de la tarde, pero Andrés puede cerrar los ojos y volver a una mañana de domingo de hace más de veinte años. Jugaba en el baby fútbol de Juanicó, en categoría Grillos. Eran cerca de las once. Estaban de visitantes contra Artigas, en Sauce, en aquella cancha vieja que quedaba atrás de la casa de José Gervasio Artigas. Y además era 15 de octubre: su cumpleaños.
La pelota le quedó para la zurda.
Remató abajo, contra el palo izquierdo.
Gol.
—Probablemente haya sido mi primer gol con la camiseta de Juanicó. No estoy cien por ciento seguro, pero debe haber sido.
Después volvió a su casa y festejó el cumpleaños. Fueron sus compañeros. Los mismos gurises con los que había jugado esa mañana.
Lo extraordinario es que algunos de ellos, más de veinte años después, siguen estando alrededor suyo en el club. Ya no necesariamente con pantalones cortos ni esperando para entrar a una cancha. Algunos son dirigentes. Otros hinchas. Otros simplemente están, que en un club de pueblo suele ser una función bastante más importante de lo que parece.
Quizás haya que empezar por ahí para entender a Andrés.
Aunque, pensándolo bien, con Andrés es difícil establecer dónde empieza Juanicó y dónde empieza el club.
Nació en el pueblo. Creció enfrente de la cancha. Y cuando tuvo edad suficiente para descubrir que una pelota servía para algo más que tenerla dando vueltas por la casa, del otro lado de la ruta estaba Juanicó.
No hubo una llegada al club.
Hubo, más bien, una infancia que fue ocurriendo ahí adentro.
Primero el baby fútbol. Después los domingos. Los compañeros. Los entrenadores. Las derrotas. Los campeonatos.
Y así, sin que nadie tuviera que explicárselo demasiado, Juanicó empezó a convertirse en una de esas cosas que uno no recuerda cuándo conoció porque, sencillamente, siempre estuvieron ahí.
En 2007 cuando empezó el camino de Formativas se encontró con un panorama que, contado desde el club de hoy, parece pertenecer a otro siglo.
Casi no había espacios para entrenar. Faltaban materiales. Faltaba gente. Y el equipo era, según su propia definición, “sumamente débil”.
Ese año jugaron dieciocho partidos.
Ganaron uno.
Empataron uno.
Perdieron dieciséis.
Hay estadísticas que explican mejor las cosas que cualquier adjetivo.
Un año después, empezó a cambiar todo. Andrés recuerda especialmente a Jorge Peraza, Lionel y Jano al frente de aquella transformación deportiva, acompañados por una dirigencia que también empezaba a pensar el club de otra manera. Un cambio de visión y misión.
Los lugares para entrenar eran prácticamente los mismos. Los recursos seguían siendo humildes. Pero se empezó a trabajar mejor y sobre todo, a seguir el guión de una idea pensada con acciones de largo de corto, mediano y largo plazo. Suena a eslogan publicitario, pero fue realidad.
Y Juanicó empezó a competir.
En 2009, Andrés tenía dieciséis años y la Sub 18 ganó el Clausura. Hacía muchísimo que el club no festejaba un campeonato. Recuerda, de aquella final vs. Liverpool, ver gente en la tribuna como si esa tarde jugara la Primera.
Fue su primer título.
Vendrían unos cuantos más.
Pero el primero, dice Andrés, fue distinto.
Mucho antes de aquello había ocurrido una escena bastante menos importante para la historia de Juanicó y, posiblemente, mucho más importante para la historia de Andrés.
Tendría diez u once años. Jugaba en Semillas. En un partido le pisaron el champión. Se calentó, salió de la cancha y se sentó al lado del banco.
Su entrenador, Raúl García, lo miró.
—Andrés, ¿te diste cuenta de que dejaste a tus compañeros con uno menos? ¿Te parece que estuvo bien?
Andrés estaba enojado. Se quedó unos segundos ahí. “Re quemado”, dice hoy.
Pero el rezongo lo hizo pensar. Después de un ratito, se puso el champión y volvió a entrar.
Cuando más de veinte años después le pedimos —para esta entrevista— que eligiera cinco momentos de su vida en Juanicó, eligió ese.
No eligió solamente campeonatos. Eligió un champión.
Hubo un tiempo en que el fútbol también lo llevó para otro lado.
Andrés pasó por Rentistas y pudo probar aquello del fútbol profesional. Conoció ese mundo que cuando uno empieza en un club del interior parece quedar bastante más lejos que del otro lado de una ruta.
Lo saboreó.
Y volvió.
Volvió a Juanicó y siguió ganando.
Después estudió. Se recibió de licenciado en Educación Física. Profe. Aprendió otras cosas, consiguió nuevas herramientas y, casi como una costumbre, terminó trayéndolas también al mismo lugar.
En 2020 empezó a trabajar dentro de la estructura deportiva del club.
Primero formando jugadores. Después entrenando, coordinando, tomando decisiones y pensando qué Juanicó dejarles a los que venían atrás.
Hasta que empezó a pasar algo.
Los gurises que había dirigido empezaron a aparecer en Primera.
Gabi.
Luca.
Santi.
—Cuando un jugador que vos dirigiste llega a Primera, ahí sentís que todo ese tiempo que le dedicaste se concreta.
Y seguramente exista algo especialmente raro en eso.
Porque durante años Andrés había sido el gurí.
Cuando subió a Primera eran otros los que lo ayudaban a él. Recuerda, por ejemplo, al Vasco, lateral izquierdo, jugando a su lado, acompañándolo y explicándole cosas cuando recién empezaba.
Ahora el grande es él.
Y cuando sube un gurí intenta acordarse de cómo se sentía estar de ese lado.
El debut tampoco se lo olvidó.
Todavía era jugador de Sub 18 cuando, una o dos semanas antes del campeonato, Alejandro Barón decidió subirlo a Primera.
Primero llegaron dos clásicos amistosos contra Progreso. Uno en cancha de ellos. Otro en Juanicó, bajo una lluvia de esas que también parecen formar parte obligatoria del fútbol del interior.
Después vino el debut oficial.
Contra Libertad.
En la cancha de Libertad.
—Ese momento te marca. Te marca para siempre.
Dos años después llegó el campeonato de 2011.
Andrés todavía iba al liceo.
Por aquellos días compartía mucho tiempo con Sebastián “Cabeza” Britos, uno de los grandes del plantel. Cuando terminaba de estudiar, el Cabeza lo invitaba a acompañarlo en el reparto y se iban juntos hablando de fútbol.
El Cabeza tenía treinta y dos o treinta y tres años.
Más o menos la edad que tiene Andrés ahora.
Antes de la final de aquel campeonato fueron juntos hasta un galpón en un campo cercano a los Adventistas. Buscaban una camiseta vieja de Juanicó. Andrés cree recordar que tenía el número cinco.
La encontraron.
Juanicó salió campeón.
Y el Cabeza se puso aquella camiseta para festejar.
Andrés recuerda el campeonato, el penal que le tocó patear en la final y la alegría de un título que el club llevaba alrededor de veinte años esperando.
Pero también recuerda el reparto.
El viaje hasta aquel galpón.
La camiseta vieja.
Y al tipo de treinta y pocos que lo acompañaba cuando él recién empezaba.
Hoy el tipo de treinta y pocos es Andrés.
Hay clubes en los que los referentes se reemplazan.
Y hay otros en los que parecen pasarse el turno.
Ahora hay otros gurises mirando.

Después llegaron más campeonatos. Jugar la Copa OFI, que en 2012 era una novedad, se transformó con los años en algo rutinario para Juanicó.
Y el club siguió creciendo.
Hasta que en 2023 ocurrió algo que Andrés coloca a la altura de los grandes mojones deportivos: se inauguró el Estadio Gloria de un Pueblo.
El club que en 2007 casi no tenía dónde entrenar tenía ahora su propia casa.
Faltaba una cosa.
Llegó en 2026.
Juanicó alcanzó la final de la Copa OFI y tuvo que viajar hasta Salto a buscar algo que nunca había conseguido.
Y entonces pasó.
La pelota le quedó a Andrés.
En la zurda.
Le pegó y la mandó arriba, contra un palo.
Gol.
Hay que volver un momento al principio de esta historia.
Más de veinte años antes, un domingo de mañana, un gurí estaba jugando para Juanicó contra Artigas en Sauce. Era su cumpleaños. La pelota también le había quedado en la zurda. Le pegó contra un palo (aquella vez abajo) y fue gol.
Andrés cree que aquel fue el primero que hizo con esta camiseta.
No puede asegurarlo.
Del otro sí estamos seguros.
Fue en una final. Fue en Salto. Y ayudó a que Juanicó fuera, por primera vez, campeón del Interior.
Entre aquel gol y este había pasado una vida.
Lo curioso es que cuando Andrés cuenta aquel fin de semana tarda poco en sacar al gol del centro de la historia.
Habla del viaje. Del plantel. De los dirigentes. De los hinchas que estuvieron ahí. De las horas compartidas antes y después del partido.
Y habla, sobre todo, de lo que ocurrió cuando volvieron.
Porque Juanicó ya había ganado campeonatos. Había vivido buenas campañas de Copa. Había inaugurado un estadio.
Pero aquello fue distinto.
—Es impresionante lo que impactó. A todas las personas que llegó, cómo se expandió, la gente que te escribió, que te mandaba un mensaje…
Y entonces empezó a pasarle algo que tampoco le había pasado antes.
Iba al CAIF de su hija.
Iba al supermercado.
Caminaba por el pueblo.
Y algunos gurises lo señalaban.
No sabían necesariamente que jugaba en Juanicó desde hacía una vida. No conocían aquel equipo de 2007 que había perdido dieciséis partidos. No sabían del Clausura de la Sub 18, de los clásicos contra Progreso, de Alejandro Barón, de los repartos con el Cabeza, del penal de 2011, de Rentistas, de los años de Copa, de los juveniles que había entrenado.
No necesitaban saberlo.
—Ese es Andrés Quatrini, el que hizo el gol en la final del Interior. El gol del campeonato.
Y listo.
Cuando le preguntamos quiénes son las personas sin las que no se podría contar su historia en Juanicó, empieza por sus padres.
Fueron ellos los que lo llevaron al baby fútbol. Los que estuvieron durante toda su etapa formativa. Los mismos a los que ahora, siendo adulto, mira disfrutar cuando al club le va bien.
Después aparecen nombres.
Jorge Peraza.
Lionel.
Alejandro Barón.
Antonio Bazzino.
Entrenadores, dirigentes, compañeros. Gente que en diferentes momentos le dio una oportunidad, le enseñó algo o lo empujó hacia algún lugar.
Y aparece también su familia de hoy. Su pareja, Josefina, que lleva casi ocho años acompañándolo en esta historia. Su hija, Alfosina. Los nuevos recuerdos que ahora empiezan a construirse alrededor del mismo lugar.
Porque el tiempo tiene esas cosas.
Primero tus padres te llevan a la cancha.
Después empezás a ir solo.
Y un día sos vos el que lleva a tu hijo.
Es difícil determinar exactamente cuándo un club deja de ser el lugar donde una persona juega al fútbol.
Quizás ocurra después de cierta cantidad de domingos.
O después de perder dieciséis partidos en un año y volver al siguiente.
Quizás sea cuando ganás tu primer campeonato. Cuando debutás en Primera. Cuando estudiás algo y decidís ponerlo al servicio del mismo lugar que te formó. Cuando ves debutar a un gurí que entrenaste. Cuando donde casi no había espacio para practicar aparece un estadio. Cuando hacés un gol a cientos de kilómetros y, unos días después, un niño te reconoce en el supermercado.
O quizás no haya un momento.
Quizás pase despacio.
Quizás una vida en un club pueda medirse de otra manera.
Entre dos goles.
Uno que apenas recuerda un hombre y que hizo un niño. Otro que recordará un Pueblo por siempre y que hizo ese mismo niño, muchos años después.
En el medio Andrés creció. Conoció otros lugares. Estudió. Jugó. Enseñó. Perdió. Ganó. Formó jugadores. Hizo amigos. Construyó una familia. Vio cambiar al club mientras él también cambiaba.
Pero si uno vuelve al principio, a aquella idea del héroe que nunca está solo, entiende algo más.
Entre esos dos goles tampoco estuvo solamente Andrés.
Estuvieron los padres que lo llevaron a jugar. Los amigos que después fueron a su cumpleaños. El entrenador que le hizo ponerse otra vez un champión. Los que empezaron a transformar un club que perdía dieciséis partidos por año. El Cabeza y aquella camiseta vieja. Los que le dieron la oportunidad de jugar en Primera. Los gurises que después entrenó. Su familia. Los compañeros que viajaron a Salto. Los dirigentes. Los hinchas. Los que hicieron cientos de kilómetros. Los que se quedaron esperando en el pueblo.
Por eso quizás Andrés hable tan poco de su gol cuando recuerda aquella final.
Porque sabe algo.
La pelota puede quedarle a uno solo. La historia nunca.
Y tal vez esa sea también la mejor manera de explicar por qué hace un tiempo, en las redes del club, cuando hace un gol en el copy de la foto empezamos -para intentar definirlo- a escribir mal su nombre a propósito.
Le metimos una palabra en el medio. Después de escuchar toda esta historia, ya no parece un error: es Andrés Juanicó Quatrini.



